El testamento de Juan Sebastián Elcano (1526)

  • Palabras para un autoretrato
  • Manuel Romero Tallafigo
  • libro
  • rústica
  • 720
  • 24x18 cms
  • 978-84-472-2964-2
El testamento de Juan Sebastián Elcano (1526)

Este testamento es el resultado final de la vida aventurera de Juan Sebastián Elcano que falleció el 26 de julio de 1526 en el Pacífico durante la fallida expedición de Loaysa. Al leerlos, se esboza al testador como servidor del rey, buscador de aromas y especias, hombre intrépido, rendido a la caprichosa fortuna e instigador de suculentas expectativas de negocios en las Molucas. Se reviven las manos de papel, pluma, tinta y los salvados secantes que empleó Andrés de Urdaneta en la confección del texto testamentario en uno de los camarotes de la nao Victoria. El que sería luego un gran cosmógrafo y marino del rey Felipe II, a sus 18 años, se destapa ya como buen calígrafo, conocedor de la aritmética y retórica, y criado y discípulo a la vera de su capitán. Elcano se arropa enfermo en su cama de muerte por siete paisanos suyos y encomienda la custodia de su testamento a un segoviano, el contador Iñigo Ortés de Perea. Su madre y las madres solteras de sus hijos lo oyeron y releyeron para pleitear con el rey Carlos I, y dos siglos después el testamento se hizo una joya de valor incalculable para los historiadores de los tres últimos siglos.

El testamento que se fechó astronómicamente en la nao Victoria, en el mar Pacífico, a un grado de línea equinoccial dio media vuelta al mundo para llegar a Castilla y también restó un día de su calendario. Elcano es piadoso, teme al Purgatorio, confía en su confesor y en su físico, y se alivia con devociones y obras de misericordia por Guetaria, Guipúzcoa y España. Es familiar y generoso con sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos huérfanos y sobre todo su madre. Es hombre de pocas deudas pero sólo vivía del mar y los frutos de su comercio. Mercadeó con hierro de Vizcaya y otros productos, dentro del círculo de mercaderes de Burgos. Elcano vestía bien con jubones de tafetán acuchillado, elegantes sombreros, un buen equipo de camisas y coloridas calzas. Leía la esfera terrestre y libros de astronomía en latín, en coloquio con el cosmógrafo real, Andrés de San Martín. Le gustaban sus guisos, asados y fritos y comer bien, con aparejos propios y variados de cocina.